Cientos de miles de kilos de artículos son enviados por migrantes a sus familias. También mandan dinero y les hacen las compras del súper. Aquí, un vistazo a un peculiar negocio que abrió la migración.
En el hall de la coqueta oficina de Remextiven, en plena entrada de la Ciudad Vieja de Montevideo, se van acumulando cajas grandes, medianas y pequeñas, apiladas con cuidado, forradas con un embalaje de nylon negro que cubre los dibujos y mensajes que sus emisarios suelen escribir sobre el cartón. El exterior de la caja es la primera sorpresa para sus destinatarios. Lo que llevan dentro es otra historia, pero siempre —de una forma u otra— es una declaración de amor.
La hilera de cajas que crece día a día son los regalos de Navidad que miles de inmigrantes venezolanos ya aprontaron para enviar a sus familiares y amigos en su país. “Esto no es nada”, advierte Ángel Galíndez, uno de los directores de esta empresa creada por migrantes venezolanos radicados en Uruguay: cada mes de diciembre este hub de servicios exclusivos para su comunidad despacha en promedio una tonelada y media de artículos.
Cuando se avecinan las fiestas, se triplica la demanda de todos sus servicios. Las encomiendas para empezar, pero también las remesas (es decir dinero) que envían por transferencia bancaria a sus familias, y la compra de viajes, por dos rutas que la empresa diseñó de acuerdo a la billetera de su clientela.
A algunas cuadras de distancia, en pleno Centro, otra empresa funciona como un puente sentimental con Cuba. Pack Express fue creada cuatro años atrás por un grupo mixto de cubanos y uruguayos para enviar encomiendas a todo el mundo, pero rápidamente hubo un destino que se impuso al resto.
—Todo era Cuba, Cuba, Cuba —recuerda el cubano Frank León, que lleva seis años radicado en nuestro país.
Había una enorme demanda insatisfecha, detectaron. La clave para diferenciarse de otros courier internacionales reconocidos, estaba en entregar los paquetes puerta a puerta en toda Cuba y no solo en la capital.
La inmensa mayoría de los envíos indican un domicilio en la zona del oriente, sobre todo en la localidad de Las Tunas.
Las Tunas, “el departamento más sufrido de la isla” según Frank, es el hogar que dejan atrás casi todos los cubanos que emigran a Uruguay. “Es impresionante cómo al cubano le tira la familia. De todas las comunidades, son los primeros en envíos por destrozo”, dice Pablo Espósito, un uruguayo que trabaja con los ojos puestos en Cuba. Representan al 95% de la clientela, que es como decir unos 160 kilos de artículos viajando desde Montevideo por semana.
Le ha tocado empacar medicamentos, productos de higiene personal, comida envasada, herramientas de todo tipo, vestimenta, celulares, tablets. El lunes pasado: una bicicleta que envió una Papá Noel migrante. Ayer mismo: un arbolito de Navidad armado, “con los chirimbolos puestos”.
Hay personas que envían entre 60 y 70 kilos por mes: cada una de ellas. Desde Uruguay cubren, por poner un caso común, la medicación crónica de sus familiares enfermos.
“Los clientes se cuentan de a miles”, dice Frank. A Cuba, donde falta de todo, se manda lo que sea. Hasta esponjas para lavar la vajilla envían. Hasta chupetes para bebés. Hasta leche en polvo. O atún en bolsa. O bicarbonato. O una motosierra. Martillos. Taladros. Pero ahora —más que nada, más que nunca— el producto estrella son los medicamentos.
Como estas empresas, hay otras que se han montado siguiendo las necesidades de los migrantes caribeños. Muchas se centran en enviar remesas en dólares, con comisiones más competitivas que las grandes firmas, que encima suelen estar ubicadas únicamente en las ciudades más importantes. Fue una forma de combatir las estafas por remesas clandestinas que sufrieron miles de migrantes, en especial venezolanos. Otras buscan los vuelos o rutas de viaje más convenientes para quienes vuelven de visita.
Todas las variables forman parte de la “economía de la migración”. Un concepto que evoluciona, que se diversifica y que tiene una pata en el país de residencia y otra en el de salida; con claros y oscuros, y del que todos, inclusive los gobiernos señalados de empujar a sus habitantes a la migración, parecerían querer sacar una tajada.
Una ola; dos olas, tres
Uruguay se puso en la mira de la migración como un destino amigable a partir de la benévola ley de 2008, pero el flujo que marcó una diferencia en la demografía nacional comenzó hacia 2012.
La llegada de migrantes caribeños —principalmente de Venezuela, Cuba y República Dominicana— al principio fue caótica. No había una estructura estatal armada para recibir una ola de miles y miles de recién llegados, muchos de ellos sin información del país, sin redes ni dinero. Hubo múltiples demoras en los trámites más básicos, en especial para obtener la cédula de identidad, clave para ingresar al mercado laboral. Además, quedó en evidencia un abuso económico en los precios de vivienda, muchas veces exigiendo costos altísimos para compartir habitación en una pensión con malas condiciones de aseo y hacinamiento.
En gran medida gracias a la rápida reacción de organizaciones civiles, en especial de Idas y vueltas, todo eso quedó atrás. Pero una vez pasado el pico más alto de los recién llegados, faltó claridad sobre cuántos migrantes efectivamente se integraron a la vida en Uruguay. El censo de 2023 echó luz al respecto, recogiendo que los residentes extranjeros son 107.953 personas o hasta 122.151 considerando las estimaciones de crecimiento posteriores al censo, porque lo cierto es que lo migrantes nunca dejaron de llegar.
La comunidad más numerosa es la argentina (32.027 personas), después la venezolana (16.179), después la cubana (11.862). La holandesa Rinche Roodenburg, figura central de Idas y vueltas, dice que ahora están llegando muchos niños y adolescentes por reunificación familiar, especialmente desde Cuba. “La migración cubana nunca se detuvo”, plantea. En cambio, la venezolana disminuyó.
El registro de la Dirección Nacional de Migración al que accedió El País, indica que entre enero y octubre de 2025 hubo 18.441 ingresos de Cuba mientras que se anotaron 5.814 egresos. De Venezuela, se tomaron 30.302 ingresos y los egresos fueron 30.741. Desde el ministerio plantean que los registros son unitarios, pero puede ser que un mismo pasajero haya entrado o salido más de una vez. Como sea, los números son ilustrativos.
Otra manera de medir hasta qué punto un migrante cubano o venezolano se siente integrado a su país adoptivo es husmeando en el contenido de las cajas que manda para el hogar que dejó. Miles de kilos de dulce de leche viajan cada mes a Cuba y a Venezuela. Y de yerba.
Si la cantidad de productos autóctonos es grande, entonces los directores de Remextiven les devuelven a sus compatriotas una sonrisa amarga. Significa que entran en la categoría “mudanza”, una que creció este 2025.
—Son los que se van, lo que se regresan para Venezuela.
—¿Hay mucha gente regresando?
—Sí, sí, sí.
—¿Y por qué regresan ahora, que parece estar complicado el ambiente con el conflicto con Estados Unidos?
—Yo creo que el factor nostalgia es el que nos moviliza —dice María de los Ángeles González—. Nos damos cuenta de eso cuando armamos las encomiendas, la mayoría de las cosas que se llevan son absolutamente simbólicas. No tienen valor económico, es sentimental.
Kilos y kilos de dulce de leche. Kilos y kilos de yerba. El juego de mesa Catán.
—Pasamos a ser parte de ambos países. Después de tanto tiempo, es inevitable enamorarse de Uruguay. Al regresar, la gente procura llevarse algo que le recuerde a su vida aquí —apunta González.
“Su vida aquí” puede ser esto: una caja de 20 kilos, a 190 dólares el costo el envío, más el impuesto aduanero, que pagó una familia para llevarse consigo toda la decoración navideña que compró durante su primer año en Uruguay.
“Eran adornos viejos, gastados. Puro apego emocional”, describe Galíndez. “Es que en Venezuela somos muy creyentes y la Navidad es absolutamente importante”. Es símbolo de familia, de unión, de fraternidad, enumera.
Debe ser por eso que Nicolás Maduro anunció que, una vez más, había decidido adelantar la Navidad. En Venezuela empezó a “celebrarse” el 1° de octubre.
Las viejas mulas
En los grupos de las comunidades en redes sociales circula todo tipo de información, pero por estas fechas la que abunda es de ofertas de venta de espacio en valijas de migrantes que viajarán de visita a su país.
Distintas fuentes consultadas explican que esta es una práctica común, para enviar “cosas pequeñas”, dinero o documentos, y le permite al viajero hacerse un dinero extra. Algunos de los que venden kilos lo ven más como “un favor”, dicen tener solo dos o tres disponibles de los 23 kilos totales que permite la aerolínea. Otros detallan que en ocasiones los migrantes se juntan y pagan el costo de una valija extra. Pero también están los pasajeros que han desarrollado un pequeño comercio paralelo con sus visitas.
Concentrémonos en Cuba, que es el destino que actualmente vive un pico de desabastecimiento generalizado. A los que venden kilos en su valija les llaman “mulas”. “No es un secreto para nadie. Traemos cosas que necesitan los cubanos, para venderles. Es un comercio, pero lo vemos también como una manera de luchar”, dice Maicol, que ofrece espacio en su valija por 20 dólares el kilo.
Las mulas no son nuevas. “Toda la vida trajimos cosas de Rusia, Surinam, Guyana, es decir de los países donde tenemos visado libre”, señala Maicol. Luis, otro migrante, agrega que este comercio clandestino también era común en los vuelos de Miami a Cuba.
La venta de espacio puede ser tan jugosa que permite cubrir el pasaje. En las redes cubanas hay un anuncio que se repite: Caribe Express anuncia que el 15 de diciembre despacha “el último envío del año”, y advierte que el espacio se está agotando. Tiene un grupo de interesados, donde dos veces al día comparte un flyer con las 11 provincias a las que llegan sus envíos: “Recuerden que los envíos no son hasta la puerta de su casa. En el caso de Cienfuegos y Habana tiene que ir a buscarlos a mi casa”. En las otras provincias, el punto de encuentro es en las terminales de ómnibus.
Cobra 20 dólares el kilo, pero si son artículos electrónicos el precio sube a 25 dólares. Solo admite artículos pequeños. “¿Cómo cuáles?”, le pregunta una interesada. “Lámparas recargables, radios, máquinas de pelar, mixer”. La tarifa por llevar un teléfono celular es de 30 dólares, una tablet vale 60 y una laptop 70. Si se trata de documentos, hasta cinco por 20 dólares. “Siempre que sean del mismo grupo familiar, si no es por separado”. Después de cinco documentos, cada uno cuesta 5 dólares. ¿Dinero en efectivo lleva? Claro, la comisión es de 10 dólares cada 100, pero si son menos de 100 también son 10.
A medida que se acerca la fecha de partida, las consultas aumentan.
El otro termómetro
El contenido de los paquetes es también un termómetro de lo que pasa en los hogares que están lejos. En Cuba, donde escasean los medicamentos y hay una epidemia de arbovirosis, con unas 50.000 personas internadas por virus como el chikungunya, el dengue y el zika, el 70% de los envíos que despacha Pack Express llevan ibuprofeno, algún antibiótico, algún antihistamínico, varias vitaminas.
Entre los artículos más populares en la categoría “miscelánea” (que viene a ser todo menos celulares y tablets), cuyo costo es de 20 dólares el kilo, viajan lámparas recargables esenciales para lidiar con los apagones.
“¿Cómo se vive con tres o cuatro horas de electricidad al día, con suerte? ¿Cómo se vive sin agua durante más de un mes? ¿Cómo mantener la calma cuando todos a tu alrededor están enfermos de no se sabe qué y no hay medicinas, ni insumos, ni médicos porque casi todos se han ido ya? ¿Cómo se sobrevive cuando tu salario, tu jubilación no te alcanza ni para un cartón de huevos?”, dice un migrante cubano que acaba de enviar una valija entera de medicamentos, jeringas y suplementos alimenticios.
De vuelta en Pack Express, Frank dice que también es común despachar herramientas. Las envían para que sus familias puedan poner un taller y generarse otro ingreso económico. Han enviado de todo, incluyendo bordeadoras, martillos, compresores, amoladoras.
Los cubanos mandan todo tipo de condimentos y de alimentos secos: café, fideos, arroz, galletas. “Y todo lo que es higiene”, que aunque sea caro para un uruguayo “es más caro todavía comprarlo en Cuba para el cubano”. En setiembre, para el comienzo de clases, fueron cientos de kilos de artículos escolares. Ahora se suma la ropa de verano y el calzado. Y por supuesto los celulares y las tablets.
—Normalmente cuando viajamos vendemos nuestros teléfonos allí, porque es tan difícil comprar un celular que podés ponerle el precio que quieras —dice una joven que está despachando un teléfono para que reciba su madre. Puede conseguir de 40.000 pesos cubanos hasta 80.000, dice. Es una cifra millonaria para un país en el que el salario medio ronda los 6.600 pesos cubanos, es decir unos 15 dólares americanos.
¿Qué tan viable podría ser generar un comercio clandestino de productos electrónicos llevados en valijas? No mucho, el temor a las consecuencias si te descubren es alto. En Cuba, la Aduana controla que cada declaración jurada respete el máximo puntaje permitido. Cada artículo equivale a equis puntos, detallados en la Gaceta Oficial de Cuba. Ningún envío puede superar los 200 puntos. Un televisor o una laptop los superan, por ejemplo. Un taladro, son 50 puntos. Un teléfono, 80. Y además de los puntos, está el control por la cantidad de unidades.
En Venezuela, la situación aduanera tiene otro agravante. Seis meses atrás, el gobierno fijó un impuesto del 38% del valor de los artículos. Cada vez que Remextiven despacha una caja —la de un kilo cuesta 58 dólares, la de siete kilos 150 dólares y la de 20 kilos, 190— el emisario debe calcular el costo de cada artículo y pagarle al Estado el 38% del valor. Para evitar que el contenido sea confiscado, la primera regla es clara: “No poner precios irrisorios”. Lo paradójico —dice Galíndez— es que muchas veces lo que se manda es ropa usada, para que se aproveche allá.
Hay otra vía de ayuda. Cada vez son más los que desde su teléfono en Uruguay hacen las compras para sus familiares en Venezuela y en Cuba en mercados virtuales, en los que pagan con su tarjeta, en dólares. En Cuba, la sospecha es que esos depósitos son un negocio no declarado del gobierno: corre ese rumor.
El migrante arma el carrito y en cuestión de horas se entrega el pedido en la puerta del hogar. Coco Market Express es el comercio favorito de Jhon, un guardia de seguridad que lleva cinco años en Montevideo. El slogan de la firma es: “Cuida a tu familia en Venezuela”.
Como a la Navidad la adelantó Maduro, hay productos que tienen 20% y hasta 50% de descuento. El pan de jamón, plato típico de las fiestas venezolanas, cuesta 10,24 dólares. El combo de ensalada de gallina, otro clásico, 17,92 dólares. Medio kilo de pan dulce y un sobre de pasas de uva, 6,40 dólares.
Un migrante venezolano llamado Gustavo ya está ahorrando para encargar la comida para su familia. Quiere también sumarle a cada integrante una porción de yuca (otros 6 dólares) y por supuesto hacer un esfuerzo extra para que además de la cena, a miles de kilómetros de distancia reciban un regalo con su nombre.
Cualquier cosa. “Una ropita, un dulce”. Lo que sea que quepa en una cajita con el cartón dibujado, con un mensaje de amor escrito a mano, que aguarda entre una hilera de encomiendas a que llegue su momento de partir, cada una de ellas con una historia detrás.
“El cubano vive del invento”: así son los precios del súper
Aunque Mark haga su mayor esfuerzo, los ingresos que logra reunir en Uruguay le alcanzan para hacer una única compra mensual para su familia en Cuba. Hay varios mercados virtuales en la isla, pero él tiene sus favoritos: Supermarket23 y Katapulk. Para Mark, es cierto el rumor que dice que este es un negocio oculto del gobierno cubano. Aún así, prefiere enviar un pedido de comida antes que una remesa o una encomienda. Cada mes, selecciona algunos productos básicos para alimentar a sus seres queridos. El salario medio de Cuba ronda los 15 dólares americanos, pero no tiene ninguna relación con los costos de los productos.
Veamos los precios de Supermarket23: un kilo de leche en polvo cuesta 7,89 dólares; una lata de 340 gramos de corned beef 2,85 dólares; un litro de aceite de soja 2,97 dólares; un kilo de arroz blanco 2 dólares; la docena de huevos 3,43 dólares; una promoción de café puro molido, 5,99 dólares los 283,5 gramos; un kilo de jabón en polvo 1,93 dólares.
“¿Cómo hace un cubano para pagar su comida con un salario de 10 o 15 dólares? En Cuba no hay dólares, y los precios son carísimo para el bolsillo de cualquier persona. El cubano lo que hace es vivir del invento”, dice Mark.
El mismo modelo de mercado está en Venezuela, incluso hay negocios localizados en Estados Unidos en los que se compra al valor de los productos allá y se envían a los domicilios en Venezuela, explica Galíndez, de la empresa de servicios que también ofrece compras por e-commerce. “Buscamos lo más conveniente, porque el problema es que en Venezuela encuentras de todo, pero para el venezolano el precio es mucho más costoso de lo que puede valer comprarlo online desde Uruguay”.
